Ya no me bastan los lacayos,
ya no me bastan los bufones,
ya no me bastan los galenos,
los poetas,
los ascetas,
los caballeros,
los lanceros,
los magos,
los herreros.
Ya no me bastan...
Quiero un rey.
Un rey que gobierne a mi lado
como la gran reina que soy yo.
Recorrer vastos territorios arbolados,
a la par, sobre dos corceles blancos.
Quiero un rey.
Bailar y abrazarnos en un gran salón,
por nuestra corte rodeados, venerados.
Quiero un rey.
Un rey que me respete con mente, alma y corazón
que aún en la distancia estemos conectados.
Quiero un rey.
Que lejos del lecho deje su armadura, su corona
y me ame como un hombre, como una mujer.
Que me entregue su crema, su olor, su miel,
su saliva, su sudor, su hiel,
su sangre, su piel,
la sal de su lágrima, su ser.
Quiero un rey.
Lo demás ya no me basta.
Por él, puedo esperar
que vuelva de cien batallas,
que cruce ríos,
que ascienda montañas,
que atraviese estepas,
que cure sus heridas del alma.
Pues aquí le aguardo,
en nuestro castillo de luz, ilusionada,
vestida con mi traje azul y grana,
adornado de flores y semillas doradas.
¡Pero no sentada e inmóvil!
¡Sino celebrando y abriendo la vida!
Mientras danzo al son de violas y gaitas,
escribiendo poemas,
pintando de arco-iris las mañanas...
¡Riendo, cantando,
soñando, abrazando!
¡Quiero al rey! Pues la reina soy.
Por derecho,
otra cosa no ha de ser.

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