lunes, 30 de julio de 2018

Aceptación del cuerpo femenino.

Ya no necesito brillar como una bombilla
pues aunque mi luz ilumina en la oscuridad
también atrae seres que me asustan,
como las polillas.

Ya no necesito perfilar de plata el óvalo de mi cara
para dar un tono dulce
de mujer conformada
ni tampoco aparentar menos edad
pues es un orgullo la madurez bien llevada.

Ya no necesito tintarme en exceso
o acoplar horquillas
ni disimular mi escasez de pelo
reflejo de tantos años de enraizadas batallas.

Ya no necesito llevar un "liso japonés"
pues Japón queda muy lejos
y mi pelo siempre lució encrespado
por la central de energía
que me palpita de cabeza a pies.

Ya no necesito esconder mis grandes orejas
pues expuestas al viento escuchan mejor
al que susurra,
al que me llama,
al que sufre,
al que me ama.

Ya no necesito embutirme en una 38
pues con frecuencia mi caldera
quema hasta la última gota lípida
marcando en el rostro huesos y arrugas
que no me favorecieran.

Ya no necesito mis pechos enclaustrar
en cuencos de copa D,C, B o A,
pues mis propias manos sabias, curtidas,
como púlpitos de un templo,
los saben sustentar.

Ya no necesito esperar amantes
aunque admito que más me gustaría tener,
pero huyo, cuando intuyo
que en mi tripa y en mi espalda
sus manos poco se van a detener.

(pues la gimnasia sueca ya la superé en EGB...)


Más
cuando algún varón me sonríe
con una dulce mirada
y le presiento un lecho-pecho velludo, seguro
y unas manos-brújulas, hábiles y cálidas...

entonces...

¡Saco a la bruja,
la zíngara,
la maga!

Pinto mis mejillas de colores rojos y malvas.
Dibujo símbolos tribales que bendigan la caza.

Salpico el aire con filtros de amor
y soy yo,
la auténtica,
la guerrera,
la que avanza...