se amontonan en montañas
de tristeza y alquitrán.
Los niños que no pudimos acunar
en un lecho blando, limpio, a estrenar,
bailan erráticos balanceándose sin cesar
buscando consuelo
en algún universo provisional.
Los niños que no pudimos abrazar,
como merecieran, como mereciéramos
hinchan sus barrigas hacia fuera,
para llenar ese hueco,
ese pozo, esa estancia.
Los niños que no pudimos amamantar,
pues la miseria, la migración, la catástrofe,
la enfermedad, el hambre, la muerte, la guerra,
dejaron nuestros pechos secos de vida,
de aliento, de fuerza...
hacen filas interminables
esperando calmar su sed,
esperando colmar su ser.
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